Un parque, de por sí, ya es un escenario. Citas concertadas, encuentros casuales, conversaciones fútiles que en ocasiones devienen en reflexiones profundas de dos o más individuos, hogar de indigentes, lugar de contemplación, de paseo, de juego, de seducción… Donde un banco es el marco idóneo para el encuentro o el desencuentro, la palabra hace el resto.
“El parque, ese trozo de verde en medio del cemento, del ruido y de la “multitudinaria” soledad que emana la ciudad. Allí, en un parque, se apaciguan los ruidos exteriores e interiores, se modifica el ritmo, los olores, el latido…En un parque cambian las reglas del juego. Uno para. Y puede que se encuentre a sí mismo un instante. Y a lo mejor, gracias a eso, se encuentre también con el otro. ¿O es al revés? ¿Es el encuentro con el otro el que propicia que uno se encuentre consigo mismo?
La obra de Pujol es una ingeniosa y divertida metáfora del momento que vivimos, en que tratamos denodadamente de afianzarnos en nuestras convicciones, consolidando nuestra identidad personal particular e intransferible… Y lo que conseguimos es quedarnos, intransferiblemente, solos.
Continuidad de los parques disecciona, a través 8 cuadros, el dilema entre tu verdad, mi verdad, y la verdad, y es el espectador el que, finalmente, elige su propia aventura.”


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